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Esa adoración no nace en el hombre por el hecho de que la mujer tenga menos derechos o esté privada de ellos, nace de que la mujer es mujer, arquetipo de gracia y belleza de la creación y el hombre quemará siempre el incienso de su admiración ante el ara de esas divinidades.

En frente de los provechosos resultados que esas instituciones de libertad y democracia han dado a este país, a la vista de los marcados progresos alcanzados en todos los órdenes de la vida nacional merced a esas mismas instituciones, pese a algunos cuantos reaccionarios y ultraconservadores que opinan lo contrario y añoran el pasado, yo no veo, no puedo ver, como haya gente seria que seriamente sostenga que no debe concederse el sufragio femenino, una de las más vivísimas aspiraciones que agitan actualmente la conciencia del mundo moderno.

Así como en el hogar comparte con el hombre los deberes de la vida, así fuera de él, en la vida pública, debe compartir con el hombre la responsabilidad de remediar y de aliviar las desdichas públicas. La beneficiencia, la caridad, la moral, por algo, tienen nombres femeninos: y es a la mujer a quien corresponde el ejercicio de todas esas virtudes en el seno de la sociedad.

La sufragista, por el hecho de serlo, no es antagónica a los deberes de la familia, antes bien comprende que el bienestar de la familia es el fundamento del bienestar de la sociedad, y tiene conciencia de que las miserias y vicios sociales afectan a la familia y ella puede y debe acudir a remediar con el hombre esas miserias y esos vicios.

Si es esa la forma de respeto y consideración que perdería la mujer por dedicarse a la política, ella debe celebrarlo, porque todas esas fórmulas insustanciales de galantería no pasan de ser lo que el cacareo del gallo para sorprender y asaltar repentinamente a la descuidada gallina. ¿Ni como puede, en verdad, inspirar respeto la debilidad y la ignorancia?