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El sufragio femenino encierra un fondo de justicia, de reivindicación para la aptitud de la mujer moderna y debemos enseguida adoptarla sin necesidad de pasar por procesos innecesarios.

No hay razón para que el sufragio sea un privilegio de sexo, puesto que los deberes de ciudadanía pesan tanto sobre el hombre como sobre la mujer. ¿Es que la mujer, por serlo, está menos obligada a velar por los intereses de la Patria, por la felicidad y el porvenir de su país?

Todas las objeciones que se aducen o pueden aducirse en contra del sufragio femenino tienden invariablemente a estos dos objetos: a la seclusión doméstica de la mujer y a perpetuar su esclavitud civil y política.

La causa del sufragio femenino es una causa que despierta la simpatía de todo hombre desapasionado, porque representa la causa del débil que, privado del medio de defenderse por mismo, pone toda su razón y derecho al arbitrio del fuerte. Pero no es solamente por esto que atrae mi simpatía y apela a mi defensa.

El sufragio femenino es una reforma exigida por las condiciones sociales de nuestro tiempo, por la elevación de la cultura de la mujer y las aspiraciones de todas las clases o grupos de la sociedad a organizarse para trabajar por los intereses que tienen de común.

Nos aterrorizamos ante la idea de que los impulsos de la mujer, su fanatismo, su criterio cerrado, según unos, su debilidad o falta de carácter, según otros, su poca preparación o poca cultura, según otros más, hagan del derecho de sufragio una mera farsa o una comedia ridícula por la que han de entrar a tener predominio elementos o intereses privilegiados.

Y, por eso, cuando se dice que la mujer va a descuidar el hogar por la política o va a desatender el cuidado del esposo y de los hijos por el mero hecho de obtener el sufragio, realmente confieso que, por mi torpeza quizá, no puedo entenderlo.

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