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Actualizado: 8 de diciembre de 2025
Sin saber cómo, de repente, el casamiento y mi marido se me pusieron a cien mil leguas de distancia. Yo no sé explicarlo, no sé explicarlo. En cuanto la conversación se corría del lado de Juanito Santa Cruz, Guillermina se aterraba. Quería apartarla de aquel extremo peligroso, y no sabía cómo llevar a su penitente a un terreno puramente ideal. «Pero su conciencia... eso es lo que quiero saber».
Hablo con formalidad. ¿Por qué no he de exponer yo á V. formalmente un caso de conciencia? Porque todo hombre de cierta educación, criado en el seno de la sociedad cristiana, aunque haya perdido la fe en Nuestro Señor Jesucristo, tiene la conciencia tan clara como yo, y no hay caso que no resuelva por sí, sin necesidad de consultarme.
Debo decir, para descargo de mi conciencia, que desde aquel momento la gratitud me hizo olvidar toda cavilación maliciosa acerca del parentesco de mis compañeros de viaje. La noche estaba ya bien avanzada cuando pasábamos por enfrente de Simancas, tan famosa por su archivo histórico riquísimo en preciosos documentos.
Lo que semejantes confidencias debieron costarle a una conciencia sombría y por tan largo tiempo cerrada, adivinábalo yo y se lo agradecía con un ademán conmovido al cual sólo respondía él con una inclinación de cabeza.
Y si te hablo con franqueza, a veces dudo que yo sea mala... sí, tengo mis dudas. Puede que no lo sea. La conciencia se me vuelve ahora para aquí, después para allá; estoy dudando siempre, y al fin me hago este cargo: querer a quien se quiere no puede ser cosa mala.
Todo se arregló, menos la conciencia de Ana que siguió intranquila. «¿Por qué había dicho que sí después de una débil resistencia? ¿A qué iba ella al baile? Por obedecer a su marido, es claro; pero ¿por qué estaba segura de que meses antes no le hubiera obedecido y ahora sí?». No lo sabía; no quería saberlo. No quería atormentarse más.
Sólo que yo comprendo así mi cristiana misión: debo procurar el bien de mis semejantes por todos los medios honrados; a ese fin debo invocar la religión de Jesús como causa, para tener la civilización y la virtud como resultado preciso. El Evangelio no sólo es la Buena Nueva bajo el sentido de la conciencia religiosa y moral, sino también desde el punto de vista del bienestar social.
Por vez primera condenaba su conciencia los medios que iba pronto a emplear su astucia. Cristeta le seguía mirando con todo el poderoso encanto del amor sincero. Anda... Juan... ¡dímelo!
»Si yo=yo, todo lo que es puesto, es puesto en el yo.... El yo y el no yo son ambos igualmente productos de acciones primitivas del yo; y la conciencia misma es un producto semejante de la primera accion originaria del yo: el acto por el cual el yo se pone á sí mismo.»
25 de mayo. Estos últimos días tienen la frescura de uno de esos sueños consoladores que uno teme ver acabar; y cuando pienso que ya hace muchas semanas que dura este encanto y consulto con mi corazón para convencerme de que no es una de esas ilusiones acostumbradas, una multitud de presentimientos terribles se acumulan de pronto en mi pensamiento y descubro en mí una conciencia vaga, pero infalible, de una gran desgracia futura.
Palabra del Dia
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