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La mujer educada sabe sus responsabilidades y conoce la manera de dividir su tiempo y anteponer sus obligaciones domésticas a cualesquiera otras fuera del hogar. Y cuando la mujer está muy atareada en casa, no hará política; o cuando se ve atada al lecho por los dolores y cuidados de la maternidad no podrá hacer política, aunque quiera.

DOÑA MATILDE. Será culpa del fuelle. DON EDUARDO. Mira cómo se va el aire por los lados. DOÑA MATILDE. ¡Ay! que no puedo más. DON EDUARDO. Vaya, se conoce que éste es el primer brasero que enciendes en tu vida ... dame, dame el fuelle. DOÑA MATILDE. Tómale enhorabuena ... y despáchate, por Dios, que me siento muy débil. DON EDUARDO. Ya lo creo; no cenaste anoche.

Matilde comienza ya a padecer los inconvenientes de su posición: humíllala el casero, humíllala una antigua compañera de colegio, marquesa, que vive en la misma casa, y que dice que una cosa es casarse, y otra enamorarse; en lo cual no parece su señoría un si es no es verde y alegre de cascos: humíllala, en fin, una vecinilla ordinaria entre cotorra y contrabandista: llora Matilde y conoce su yerro.

Matilde, hija de un padre, que, según de la comedia resulta, no conoce sus inclinaciones ni su carácter, ama a don Eduardo de Contreras, joven de talento, rico, y que ocupa un puesto distinguido en la sociedad; pero ignora estas circunstancias sin embargo de que entra en su casa con frecuencia.

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