Insistís en que la mujer, según el plan divino, es para el hogar y el hombre para la sociedad y en eso consiste la verdadera división del trabajo entre las dos mitades del género humano. ¿Me quereis decir por qué, si eso fuera el plan de Dios, todas las religiones y todas las escuelas de moral coinciden en prescribir el deber al prójimo, el amor a los semejantes? ¿Se ha dirigido el Señor sólo al hombre y no a la mujer también cuando entre temblores de tierra y llamas resplandecientes entregó el mundo las tablas del Decálogo y dijo: "Ama a tu prójimo como a mismo"? ¿Se refiere al hombre y no a la mujer inclusive aquel precepto universal, contenido de toda moral y de toda religión, que dice: "Haz a tu prójimo lo que quieras que hagan contigo"? Estos preceptos me indican que el hombre y la mujer tienen deberes para con los demás, tienen deberes para con sus semejantes y que no deben concentrar su felicidad en el hogar sino también, fuera de él, en la sociedad. ¿Me quereis decir si el hogar puede ser feliz entretanto que la sociedad no lo sea, puesto que la sociedad es nada más que la ampliación y la suma de todos los hogares, y todas las miserias y males de la sociedad repercuten en el hogar de la misma manera que la felicidad y el bienestar del hogar influyen en el bienestar y felicidad de la sociedad?

MARQUESA. Así, Nicolasa, baje usted y le haré dar los cuarenta duros ... adiós, Matilde, ya nos veremos ... ya te avisaré alguna vez cuando esté sola ... y diré que te suban entretanto las camisas. DOÑA MATILDE. No, Clementina, no ... te lo agradezco ... pero no tengo tiempo ahora. MARQUESA. Como quieras ... por ti lo hacía ... mas si lo tienes a menos.... ¡Pobrecilla, me da mucha lástima!