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Media hora después vino don Matías Cepeda y fué presentado a él. El señor Cepeda no era un hombre simpático ni mucho menos; tenía la cara dura, juanetuda, la nariz chata, la frente pequeña y el bigote corto y cerdoso. Con don Ciriaco el señor Cepeda estuvo muy atento, y hasta pretendió ser ocurrente; a no me miró. Sin duda, el no tener cincuenta años, para don Matías era una impertinencia.

Luego, ya sabes cómo es de gracioso y ocurrente. Hijita, empieza a hablar y a embromarme y... bueno, al ratito no más, ya me estoy riendo como una loca. No tengo carácter y, claro, hace lo que quiere. Tienes que disputárselo al Jockey. , ; pero, ¿cómo? ¿cómo? El otro día, no sabiendo ya qué hacer, me fuí al Socorro, a pedirle a la Virgen que me ayude a sacarle del club.

Ni extrañará nadie que un chico guapo, poseedor del arte de agradar y del arte de vestir, hijo único de padres ricos, inteligente, instruido, de frase seductora en la conversación, pronto en las respuestas, agudo y ocurrente en los juicios, un chico, en fin, al cual se le podría poner el rótulo social de brillante, considerara ocioso y hasta ridículo el meterse a averiguar si hubo o no un idioma único primitivo, si el Egipto fue una colonia bracmánica, si la China es absolutamente independiente de tal o cual civilización asiática, con otras cosas que años atrás le quitaban el sueño, pero que ya le tenían sin cuidado, mayormente si pensaba que lo que él no averiguase otro lo averiguaría... «Y por último decía pongamos que no se averigüe nunca. ¿Y qué...?». El mundo tangible y gustable le seducía más que los incompletos conocimientos de vida que se vislumbran en el fugaz resplandor de las ideas sacadas a la fuerza, chispas obtenidas en nuestro cerebro por la percusión de la voluntad, que es lo que constituye el estudio.

Los Embajadores de Inglaterra y de Venecia, el Condestable, el Marqués de Pisani, el Duque de Bouillon, con otros personajes, y más que todos M. Zamet, el gran anfitrión de París, el confidente servicial de Enrique IV, recibían asiduamente á Antonio Pérez, estimando el don, que como pocos poseía, de hacerse escuchar en la mesa y salones, gracioso, ocurrente y oportuno.

La que tenga ingenio, inteligencia despierta, tampoco «planchará». Una conversación amena, dotada de espíritu de observación, pronta en sus dichos, ocurrente, estará siempre atendida y se verá solicitada. Pero es necesario tener sentido de la medida, no pasarse de lista, pues no gusta generalmente a los hombres verse dominados intelectualmente por la mujer.

Y esto no sólo por el prestigio de su corbata, sino porque además era hombre de iniciativa y ocurrente. Cada una de sus frases, un poema de gracia. Cuando tenía que referirse a su propia cabeza, la llamaba «la calabaza.» «Yo conocí en Sevilla una señora decía que comía por la boca