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Actualizado: 28 de octubre de 2026
Pues sí: yo tenía en mi mano la carta cerrada, y la curiosidad por leerla no era curiosidad; era una sed moral más terrible que la sed física que poco antes me atormentara.
Cuando la rápida pulsación de la impaciencia atormentara sus esperanzas, palpitaría también con ellas; la alegría de los triunfos sería para ambos, y la gloria que se conquistase para él sólo.
Creía que mientras más lo callara y menos lo pensara, mayor sería el olvido, y no me atrevía a confesarlo, por temor de que con la confesión renaciera y me atormentara otra vez. Se había sentado en una silla baja y sus brazos tocaban las venerables rodillas del héroe. Quien no la viera de cerca, creería que estaba de hinojos.
Con la superstición común á su clase, se imaginaba entregado á un demonio para que le atormentara con sueños espantosos, con pensamientos terribles, con el aguijón del remordimiento, y con la creencia de que no será perdonado, todo como anticipación de lo que le espera más allá de la tumba.
Oyeme: ¡no te apenes si ves que lloro, y déjame, déjame que te cuente todas las tristezas de mi vida! Quise ahorrarle aquella pena, y le pedí que habláramos de otra cosa; le rogué que no me atormentara, con aquella narración dolorosa. ¡A qué saber la historia de Angelina! ¿No me bastaba saber que vivía para mí? ¡No! ¡Me oirás! ¡Me oirás, Rorró!