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Actualizado: 28 de octubre de 2025
¡Oh, Mabel! intervino María Teresa, ¡puede usted decir eso! ¡Hay tanta miseria todavía!... Me sorprende que todos los que se mueren de hambre permanezcan tan resignados y no traten de rebelarse contra nosotros, que disfrutamos de todo. Somos muy culpables hacia ellos... ¿Culpables?... ¿culpables de qué?
Mabel lo ama a usted. ¡Me ama! grité, dando un salto y sosteniéndome sobre un codo. No, pienso que debe estar usted en error. Ella me considera más bien como un hermano que como un amante, y ha aprendido, según creo, desde el primer día que nos conocimos en tan románticas condiciones, a mirarme como una especie de protector.
El testador ha designado como su secretario y administrador de sus bienes, a una persona desconocida para mí, de quien nunca he oído hablar: a un tal Paolo Melandrini, italiano, que, según parece, vive en Florencia. ¡Qué! grité, atónito. ¡A un italiano para secretario de Mabel! ¿Quién es ese hombre?
¿No ha hecho usted prevenir a Max Platel que hoy nos reuníamos aquí, por la tarde, María Teresa? preguntó con aire ansioso la linda Mabel d'Ornay.
Sin embargo, bajo el ala protectora y la altiva tutoría de la señora Percival, Mabel había penetrado en el mejor y más elegante círculo social, cuyas puertas están siempre abiertas para la hija del millonario, y había dejado bien sentada su reputación como una de las debutantes más encantadoras de su season. ¡Cómo ha cambiado la sociedad en estos últimos diez años!
Como usted sabe, tengo para con él una gran deuda de gratitud por su generosidad, y anhelo, por consiguiente, como prueba de mi agradecimiento, ocupar su lugar y proteger a su hija, proteger a usted, Mabel. ¿Pero no somos, acaso, nosotros dos, mi padre y yo, los que estamos, en primer término, endeudados con usted? exclamó.
En ese caso, pienso que antes de informarlo de la muerte del pobre Blair y de la buena fortuna que le aguarda, debemos, por lo menos, descubrir quién es él. De cualquier modo, podemos vigilarlo cuidadosamente, una vez que esté en su puesto, y ver que no malgaste el dinero de Mabel.
Ford, el secretario del muerto, hombre joven, como de treinta años, alto, atlético, completamente afeitado, asomó la cabeza, pero como nos encontrara conversando, se retiró en el acto. La señora Percival ya lo había interrogado, pero ignoraba completamente para dónde había partido Mabel.
Mi deber, el deber que había prometido cumplir al moribundo cuya vida había sido un romance secreto, era asumir el carácter de protector de Mabel, y no convertirme en su amante y así sacar provecho de su fortuna.
Palabra del Dia
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