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Actualizado: 21 de agosto de 2026


Al día siguiente 60 fue a su padre y le dijo: Señor padre, tal vez me he casado con un zapatero porque anoche en sueños ha hablado de sus hormas y de su lesna. El rey llamó a su presencia a Don Juan Bolondrón Matasiete y le preguntó: 65 ¿Hombre, eres zapatero y te has atrevido a casarte con mi hija? Señor, dijo Don Juan, la señora princesa no comprendió bien lo que yo decía.

Las manos y los pies eran cosa de ver; no había hallado hormas para los zapatos en ninguna parte; por lo que siempre que viajaba llevaba en el baúl unas que había mandado hacerse a la medida. Pasaba por hombre rico, a quien el sueldo no importaba nada, y estaba casi siempre de reemplazo para vivir en la corte a su gusto.

Fernando fué a la zapatería, cogió un fuelle grande y lo rellenó de esa casca que queda después de curtidos los pellejos y que huele que apesta; luego hizo un agujero en el tabique de la trastienda y esperó la ocasión oportuna. Por la tarde llegó la chica, é Ichtaber dijo a su aprendiz: Oye, Fernando, vete a la trastienda un momento a arreglar esas hormas que hay en la caja.

Pensaba Don Juan muchas veces en las miserias de 55 su vida pasada, y hacía comparación con su dicha presente. En consecuencia de esto, una noche soñó con su zapatería y habló de sus hormas y de su lesna. La princesa oyó estas palabras y estaba muy triste. Creía que tal vez se había casado con un zapatero.

Por más que á don Silvestre repugnara el desprenderse de sus cómodos hábitos, al día siguiente tuvo que empaquetarse en los nuevos que le trajeron de una elegante ropería; pero como el diablo las carga, si bien, con trabajillos y todo, parecieron pantalón, levita, chaleco y sombrero, para las piernas, tronco, cuello y cabeza hercúleos de don Silvestre, no hubo un par de botas para sus pies en toda la corte, pues, como decían los zapateros á quienes se acudió, «hormas de tal tamaño no se hacían en Madrid sino de encargo».

Sólo a trechos veíanse algunos ladrillos y cascotes de los derribos; lo demás estaba construido con los materiales más heterogéneos, viéndose empotrados en la argamasa, a guisa de ladrillos, botes de conserva, latas de petróleo, cafeteras, orinales, hormas de zapatos, y junto con estos despojos, tibores rotos de porcelana, columnillas de alabastro, trozos de estatuas, todo al azar, según el desorden de la recogida diaria en Madrid.

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