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Actualizado: 23 de octubre de 2026
Cuando nos conocimos habitaba un departamento amueblado en la calle de Astorg y vivía decentemente con restos de su dote, que el marido le había devuelto con una generosidad digna de aprecio, dado el trato poco halagador á que su mujer le había sometido.
Después, estrechó las manos de la señora Aubry y de María Teresa, y se marchó. A la mañana siguiente, Huberto recibía un mensaje de su madre invitándolo a pasar por su casa sin demora. Algo inquieto, se dirigió a la calle Astorg y encontró a la señora Martholl instalada en su gran escritorio.
La respuesta no se hizo esperar, pues á los pocos días me invitó á ir á su casa á tomar una taza de te y á oir música. No desperdicié la ocasión y á las diez llegué á la calle de Astorg donde encontré una docena de personas de variadas condiciones, que iban desde el tenorino que cecea el francés, hasta el diplomático serio y desde la viuda joven un poco dudosa hasta la más auténtica.
Piensa en mis recomendaciones y ten la seguridad de que sólo la preocupación de tu felicidad y situación guía mis actos e inspira la prudencia que te aconsejo. Obra discretamente; pero no te guíes por las apariencias, por excelentes que sean. Adiós, hijo mío. Adiós, madre. Cuando Huberto dejó el sombrío departamento de la calle Astorg, llevaba ideas pesimistas.