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Actualizado: 30 de septiembre de 2026
El Tarumbo, después de conocerla, me guiñó un ojo, la volvió la espalda y me dijo mientras cargaba de tabaco su pipa: Esa es Tanasia. ¿Y quién es Tanasia? le pregunté yo. La hija mayor del Toperu respondióme. ¿Y quién es el Toperu? volví a preguntarle. Pos es el padre de Tanasia... Vamos, de la mozona que corteja Chiscu.
Con estos pensamientos en la cabeza, miré al Tarumbo sin decirle nada; pero debió de leérmelos él en la cara que le puse, porque me dijo enseguida: No se espanti de eyu, porque es de nesecidá.
Por estas cosas del Tarumbo, cuando su mujer estaba sana le golpeaba casi a diario, y hoy que no puede hacer lo mismo, le dice a cada instante los mayores improperios, los cuales sufre él con igual resignación que los golpes de otras veces; porque, en medio de todo, es un bendito, y por eso no sabe uno si compadecerle o si reírse de sus manías.
Allí conocí al Topero, el padre de Tanasia, y a Pepazos, el novio preferido a Chisco por el Topero para su hija, al decir del Tarumbo, que también se descolgaba a menudo por la cocinona.
Entonces fue cuando el Tarumbo se incorporó del todo, aunque algo encorvado de riñones todavía y bastante esparrancado, y se encaró conmigo. Su charla había durado tanto como su labor, y yo no había hecho más que mirarle y oírle.
Por lo pronto, allí le tenía para servirme en lo que quisiera mandarle... Nardo Cucón, el «Tarumbo», si lo quería más llano y conocido, porque así le llamaban de mote, no sabía por qué, pero era la pura verdad que no le ofendía... En fin, ya estaba cerrado el boquete...