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Actualizado: 29 de octubre de 2026
Las tazas eran de esos coquillos negros de óvalo perfecto, que los indígenas realzan con caprichosas labores y leyendas, sumisas éstas como su condición, y aquellas pomposas, atrevidas y extrañas, muy llenas de alas y de serpientes, recuerdos tenaces de un arte original y desconocido que la conquista hundió en la tierra, a botes de lanza.
Y estos coquillos negros estaban muy pulidos por dentro, y en todo su exterior trabajados en relieve sutil como encaje. Cada taza descansaba en una trípode de plata, formada por un atributo de algún ave o fiera de América, y las dos asas eran dos preciosas miniaturas, en plata también, del animal simbolizado en la trípode.
En un rasgo de verdadero orgullo hacia Pitogo y después de haberme hecho notar con infantil insistencia, los faroles de colores, los abullonados coquillos, las sayas de las dalagas, los exiguos instrumentos de la orquesta, y las gruesas y amarillas cuentas de un collar de ámbar, que descansaba en su amplio pecho, me preguntó con una alegre sonrisa si en España había bailes mejores que aquel.