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Y esto ocurría á su vista como en los primeros días de la Creación. De las profundidades submarinas, el fuego central hace brotar una cúpula, un cono, que entreabriéndose, con su lava, constituye por algún tiempo un cráter circular. Mas, la fuerza volcánica se agota.

La sacaba con arte exquisito del seno de Doña Paca, o del bolso mugriento de Benina. Arramblaba por todo, fuera poco, fuera mucho. Las dos mujeres no sabían qué escondrijos inventar, ni en qué profundidades de la cocina o de la despensa esconder sus mezquinos tesoros.

La sombra se colora con la pincelada roja y fugaz del disparo surgiendo de las ruinas. De las profundidades lóbregas contestan otros fulgores mortales. En el ambiente negro zumban los proyectiles, invisibles insectos de la noche. Al amanecer será el ataque arrollador, irresistible.

Yo creía que casi todas las islas del océano Pacífico eran coralíferas. Hubo un tiempo en que así se creía; pero hoy se ha comprobado que los zoófitos constructores sólo pueden vivir a pequeñas profundidades.

Si pudiesen existir guerras bajo nuestro gobierno, éstas se desarrollarían en las profundidades submarinas, y para tales combates nuestros buques cuentan con un aparato poderoso, un cable metálico en forma de lazo, que se mueve á través de las aguas con la agilidad de una serpiente, subiendo, bajando, retorciéndose, hasta que envuelve al barco enemigo en sus anillos y lo inmoviliza, arrastrándolo prisionero.

Sin embargo, la gruta se ramifica hasta el infinito en las profundidades del monte. A derecha é izquierda se abren, como bocas de monstruo, las negras avenidas de las galerías laterales.

En las ciencias del órden moral hay todavía menos certeza, porque no se ocupan de los movimientos de los cuerpos, los cuales dimanan de un orígen cierto y constante que es la naturaleza, sino de los movimientos de las almas que se realizan á grandes profundidades y con frecuencia nacen del capricho.

Un lamento de muerte rasgó el espacio, llegando a los oídos de todos los hombres. «¡El gran Pan ha muerto!...» Las sirenas se sumergieron para siempre en las glaucas profundidades, las ninfas huyeron despavoridas a las entrañas de la tierra para no volver jamás, y los templos, blancos, que cantaban como himnos de mármol la alegría de la vida bajo el torrente de oro del sol, se entenebrecieron, sumiéndose en el silencio augusto de las ruinas. «Cristo ha nacido», gritó la misma voz.

Un húmedo soplo, que de vez en cuando movía las hojas de los árboles y parecía subir de las profundidades del bosque iba murmurando en sus mismos oídos: «¡No será para ti!...» De pronto, la presencia de un roble joven y robusto, que elevaba a los cielos su tronco recto y liso, le recordaba a su hijo Simón y le hacía avergonzarse de su vuelta al egoísmo.

Y por la mañana, cuando antes del almuerzo, estando yo sobre cubierta, le veía venir hacia , se me ocurría, ya que era el joven Teseo que acudía a pedirme el hilo, ya que era el joven Anacarsis que requería la antorcha para penetrar en las profundidades y descubrir los misterios. La verdad sea dicha: mi alma anhelaba entonces prestarle la antorcha y darle el hilo.